Si tu director general y tu jefe de recursos humanos te piden que hagas algo, lo haces.
El chico siempre terminaba trabajando como repartidor en una pizzería, y esta vez, tras graduarse en un puesto técnico, por fin quería un trabajo de oficina serio que le garantizara un mejor horario y un mejor sueldo. Sus esfuerzos dieron fruto, pues consiguió un puesto de asistente en una empresa vecina. El chico había estado compitiendo con gente mucho más cualificada, y aunque en aquel momento le sorprendió, ahora lo entendería. Sus jefes le pidieron que se quedara después del horario laboral porque tenían algunos proyectos que querían discutir. Pensó que implicaría mudarse a una zona remota o algo desagradable; jamás imaginó que acabaría siendo acosado en las oficinas y devorado por las personas más poderosas de la institución.
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